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Llegamos en Busca de Asilo, Pero Lo Que Encontramos Fue Peligro

Migrants in line to seek asylum in Matamoros, Mexico.
Un cliente de la ACLU cuenta su historia.
Migrants in line to seek asylum in Matamoros, Mexico.
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March 2, 2022

Hace un año, gracias a un proceso jurĂ­dico, me permitieron cruzar un puente para entrar a los Estados Unidos con mi esposo y mis tres hijas — despuĂ©s de haber pasado mĂĄs de 16 meses viviendo el peligro y la pobreza, a unos pasos de la frontera del sur. Mi familia sigue intentando sobreponerse al trauma de esta terrible experiencia. Pero ahora, el gobierno de los EE. UU. ha reactivado la polĂ­tica que nos causĂł tanto sufrimiento, con la que expulsa a los que buscan asilo, enviĂĄndolos a la ciudad de Matamoros, MĂ©xico, que estĂĄ bajo el control de un cartel, lo cual pone en peligro las familias.

Los dichos “Migrant Protection Protocols” (MPP Protocolos de ProtecciĂłn a Migrantes), iniciados por el presidente Trump, requerĂ­an que las familias como la nuestra se quedaran en MĂ©xico a la espera de una audiencia para sus casos de asilo. No importaba que a la fuerza tuviĂ©ramos que huir de nuestro paĂ­s, en el que tenĂ­amos la vida amenazada. Cuando entramos a los Estados Unidos a pedir que las autoridades estadounidenses nos dieran su protecciĂłn, los mismos agentes nos expulsaron a Matamoros, una ciudad peligrosa de la frontera con MĂ©xico, a la que nunca habĂ­amos viajado. Una vez allĂ­, las autoridades mexicanas que nos procesaron los documentos simplemente nos echaron a la calle.

Por Ășltimo, pasarĂ­amos 16 meses luchando por sobrevivir, esperando el fallo de nuestro caso de asilo. DespuĂ©s de ser atacada mi hija en un campo de migrantes, encontramos una casita decrĂ©pita para alquilar. En el techo habĂ­a un hueco y contaba con muy pocos muebles — algunos bastidores de cama, algunas sillas, una mesita sobre la que pusimos una sola hornilla para cocinar nuestros alimentos. Estaba contaminada el agua y nos llenĂł la piel de hongos. Durante el invierno hacĂ­a un frĂ­o brutal allĂ­ dentro, y no tenĂ­amos cĂłmo calentarnos.

Mi esposo encontró trabajo de carpintería allí cerca. Ganaba poco y fue maltratado por sus jefes y colegas. En diciembre del 2020, justo antes de las fiestas, cuando tocaba pagarle el sueldo y una prebenda de fin de año, lo despidieron.

Incluso cuando mi esposo trabajaba, lo que ganaba no alcanzaba para pagar el alquiler y otros gastos. A veces no comíamos o nos alcanzaba sólo para comprar pan y café. Otras veces sólo teníamos huevos y frijoles o sopas instantåneas. Enviåbamos a dormir a las chicas temprano, y dejåbamos que durmieran hasta tarde porque no teníamos desayuno que darles. Cuando se enfermaban nuestras hijas, se nos hacía difícil comprarles medicamentos.

Mientras iba a trabajar mi esposo, yo me quedaba en casa para cuidar de mis hijas. Sabíamos que los carteles controlaban la ciudad y que regularmente secuestraban y mataban a los migrantes como nosotros. De rutina oíamos disparos por las calles. Mis hijas y yo nos quedábamos en casa todo el día, todos los días, porque el salir – incluso para un momentito – era demasiado peligroso.

Se atrasó la educación de mis hijas dos años. No dormían. No comían. No tenían qué ponerse.

Muchos nos dijeron que todo era mentira, que nadie iba a poder entrar a los Estados Unidos, que mejor era que volviéramos a nuestro país. Pero no podíamos volver a nuestro país, porque temíamos que nos asesinaran. Teníamos que soportar la espera.

Yo sé que había migrantes que lo pasaron peor que nosotros y que no tenían ni una casita decrépita para esconderse de los carteles. Pero el sufrimiento diario, el miedo, la depresión y el estrés nos agobiaron.

Incluso ahora, a un año de egresar de los MPP y llegar a los Estados Unidos para hacer seguimiento de nuestros casos de asilo, nos pesan nuestras experiencias. Antes mis hijas eran niñas felices. Les gustaba jugar, bailar y cantar. Ahora nada les interesa. Parecen estar siempre tristes y se irritan con facilidad. Ahora que tenemos acceso a comida, casi no comen. No eran así antes. Mi esposo y yo también vivimos tristes, constantemente. No dormimos bien ni estamos bien de salud. Nos rondan las pesadillas y nos acosan los recuerdos.

Estamos bajo tratamiento para aliviar este trauma – pero nos acompaña siempre. Estamos esforzĂĄndonos por sanar, para contribuir a nuestro paĂ­s adoptado, y para mantener la esperanza con nuestro caso de asilo, que sigue pendiente.

Yo sé que en la frontera hay mås familias que enfrentan lo que nosotros vivimos. Estån buscando protección, y las políticas como los MPP les estån destrozando la vida. Yo creo que el buscar asilo es un derecho y que, como nosotros, tendrían que poder ejercer ese derecho en los Estados Unidos.

Estas familias necesitan nuestra ayuda; no hay que obligarles a soportar mĂĄs peligro.

Este blog fue traducida por Maribeth Bandas.

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